domingo, 2 de agosto de 2009

jueves, 30 de julio de 2009

Respeto



Y más que respeto, fé.








miércoles, 22 de julio de 2009

Pintadas


Las pintadas que no dicen nada suelen tener cara, que las que dicen o gritan algo sólo tienen palabras, casi nada, que van perdiendo fuerza con el tiempo hasta que se las lleva otra capa de pintura y no el viento, aunque mudas y olvidadas queden todas.
Las primeras, las caras pintadas, no suelen tener una vida demasiado larga pero lo compensan con un carácter que les viene de nacimiento. Un carácter casi siempre subjetivo porque no tenemos costumbre de preguntar a sus padres, aunque es verdad que muchos de éllos se mantienen en el anomimato.




Así pues me pregunto yo por la personalidad de cada una y, sobre todo, en qué entretienen el tiempo, en que piensan, si las que ya son malencaradas van agriando el humor, si les gusta que la gente les mire y qué opinan de nosotros, si se aburren o se deprimen, si maldicen la vida que les ha tocado vivir, si ven la botella medio llena...




La próxima vez me llevaré el tripode. Sacaré fotos mientras estan solas, mientras la gente les mira al pasar, cuando las gaviotas y palomas picoteen donde deberían estar sus pies, qué no darían por tenerlos, quizá mientras sale el sol o éste se oculta, que las dos cosas no podrán ver...
Un día y el siguiente y al otro también, porque me parece a mí que nadie ha comprobado si cambian el gesto y ésta va a ser la única forma de saberlo, de descubrir si sólo están inmóviles mientras saben que alguien les observa.



domingo, 19 de julio de 2009

Puertas - Irresistibles




Ante puertas que se cierran se buscan otras abiertas.
Y con suerte...

martes, 14 de julio de 2009

Puertas - Que se cierran...


...y con el portazo le dió en la cara un último aire de la fábrica, con un agrio aroma de traición y largo poso de impotencia...

martes, 7 de julio de 2009

lunes, 6 de julio de 2009

Guión para escena 26Jun09

Eva sostiene la copa de vino blanco manteniéndola a salvo de los ceceos de su amiga y del caliente sol del domingo.

A pesar de sus interminables chismorreos y de los cuarenta minutos conduciendo, está pensando que ha sido muy buena idea aceptar la salida.

El repentino olor del salitre llega hasta su nariz anulando el sentido de la vista, que se queda en las burbujas, y deja el monólogo en un leve rumor para que el oído busque el de las olas. Cuando cree encontrarlo sonríe y sus sentidos regresan poco a poco. El de la vista, con vergüenza, juega al escondite con los ojos de María para no confesar la ausencia.

Ahora mira al perro.

De espaldas, el dueño tira de la correa como en un acto reflejo, o un muelle, cuando nota que el animal tira de élla. Eva mira como uno ladra y el otro vuelve a tirar de la correa y gira la cabeza.

La imagen de Saúl es sólo un impulso nervioso a mitad de camino cuando el corazón ya le ha reconocido. Se lo hace saber dando una brusca pirueta, un vuelta y vuelta que le tiñe la cara de un rojo adrenalina, los latidos en el cuello como tambores y bombos, la respiración haciendo lo que buenamente puede y las piernas desfalleciendo bajo el incendio abrasador de que son pasto sus tripas.

Él, que fué el último al que se entregó sin condiciones, abriendo puertas y ventanas, volando todo cuando estaban juntos, enamorada. Y también el primero con el que ha vivido, pero el primero al que empezó a cobrar deudas que otros dejaron, con los intereses guardados en cajones ocultos y detras de la puerta la correa, cada vez más corta, cada vez más usada hasta que de puro desgaste se rompió.

Allí se ve ahora Eva, con la correa en la mano, la herida abierta donde va a estar la cicatriz, mal curada por el remordimiento. Una de esas cicatrices que se convierten en metereólogas, dejándose notar cuando amenaza tormenta en el alma, o lo que es peor, frío. De las que te tuercen el dia, el gesto, y conjuran a la oscuridad cuando alguien o algo te la recuerda. De las que no se enseñan. Ya serán nostalgia, o ni éso.

Eva dice, 'vámonos', y se queda la palabra rebotando encerrada en su cabeza, como un eco, hasta que el coche entra en la autopista. Su sandalia derecha, aplastada entre el pié y el acelerador, parece haberse quedado allí, pegada al suelo, atada a Saúl.

sábado, 27 de junio de 2009

Escena busca guión - 26Jun09




Normalmente me doy cuenta a los cinco minutos. La secuencia del trance suele ser así...

Algo llama mi atención. Mientras me concentro en la escena mis manos, largamente adiestradas, van sacando la cámara de la bolsa si no la tengo ya en la mano, en este último caso sólo tengo que encenderla.

Mientras sale el objetivo, y la pantalla empieza a despertar, me ha quedado nítidamente clara la abertura que voy a ponerle. Porque ya sé lo que tanto me ha atraído.

Ya desde la pantalla encuadro, enfoco...no me gusta. Me muevo, me separo, levanto la cámara un plamo más...ahora no, pero me gusta. Permanezco atento, con el encuadre ya grabado en alguna parte de mi corteza cerebral y cuando veo justo lo que quiero (la mayoría de las veces lo que veo es algo mucho mejor de lo que pretendía), entonces, disparo.

La gente con la que estoy ya me conoce, ya está acostumbrada, pero al principio se hacía un silencio general, con casi todos siguiendo las evoluciones de aquel loco autista dando vueltas con la cámara en la mano, sordo y ausente.

Y es en casa, ya delante del ordenador y al final del día, cuando acabo de entenderme. Pero aún hay fotos en las que no consigo descifrar su por qué. Como la que encabeza la entrada, me intriga.
La que cierra la entrada es más evidente.





Me gustaría saber la teoría de todo el que se pase por este rincón aunque esté sólo de paso, que le déis guión a la escena, una posible explicación que me guíe hasta la respuesta....

miércoles, 24 de junio de 2009

La abuela


Son pocos los motes que pueden soportarse con una sonrisa. Los más juegan permanentemente al escondite con los oidos de sus involuntarios poseedores, aunque tarde o temprano los unos acaban sabiendo de los otros.

La primera vez que escuchó el suyo fué hace más de 20 años por boca de un niño que insistía en hacer una de esas preguntas inocentemente sinceras y perfectamente inoportunas, mientras pasaba delante de aquella ventana a la que ya apenas se asomaba, y que cuando lo hacía era con el gesto seco poco a poco tallado por la soledad.

La última fué hace 20 días, en una conversáción de teléfono entre la agente inmobiliaria y una amiga suya, fué también la primera vez en cincuenta años que recibía la visita de un ser humano. Porque 'la abuela', aunque sea un dato secundario y sin importancia además de un mote simple por evidente, era una casa.














Porque, a pesar de las pequeñas y vanales conversaciones de cada día, del suave batiburrillo de voces normal en cada reunión bajo el sol de la tarde, incluso de las íntimas confidencias que van cayendo entre susurros cuando la confianza está muy madura, élla, 'la abuela', se sentía sola.






Por todo, aquella tarde no era como las demás.

Una pequeña piscina de un azul intenso hacía sonreir al jardín, mientras el agua, jugando con el sol de Junio, le hacía cosquillas en el techo desconchado de la primera planta. Más o menos a la altura del estómago.

La brisa caracoleaba entre las hojas de los árboles y volando con ella las notas de las risas y los chapoteos peinaban también la hierba, tan alta, rebotando en las paredes y trepando como pompas de jabón hasta el tejado.

Sensaciones que llenaban tanto sus pulmones que, para no explotar, se le batían las ventanas y las puertas, bailando alocadamente las viejas cortinas, respirando toda ella como una pieza de Strauss, con los achacosos crujidos intentando coger el compás.



Cuando Axel se quiso resguardar de la brisa fresca casi en su regazo un pequeño seismo la recorrió hasta el último rincón, sintió como si sus cimientos fueran diez veces más sólidos y se hubieran hundido en la tierra transformados en profundas raices de piedra. Pero a la vez como si los mismos cimientos se desintegraran, como si no le hicieran falta, como si pudiera flotar.

Lo segundo que pensó, mientras se inclinaba imperceptiblemente para abrazarle y aspiraba el aroma de su pelo mojado, fué que no le importaría derrumbarse sosegadamente esa misma noche.

Lo primero que hizo fué sonreir mientras pronunciaba en voz alta su mote.